viernes, 17 de mayo de 2013

Florence Thomas lanza propuesta a hombres y mujeres "¡Vivan la nueva ética del amor!"




Enero 29 de 2002

La psicóloga francesa invita a amar al otro en su diferencia. Premisas.

Por Isabel Peláez Reportera de El País

"El amor fiesta es una utopía que se construye cada mañana, cada atardecer, cada noche, cuando siento la posibilidad de acercarme al otro o a la otra sin posesión".

Llegar a vivir esa clase de amor, nada posesivo ni asfixiante, es la nueva propuesta de la socióloga francesa Florance Thomas, quien el viernes pasado, en el Teatro La Máscara, de Cali, presentó a una multitud de hombres y mujeres las seis premisas de una nueva ética del amor.

Ese día decenas de vallecaucanos salieron del atiborrado recinto deseosos de amar de otra forma y la invitación de Florance se repetía en los comentarios de los asistentes: "¡vivan la nueva ética del amor¡".

Por eso quienes aún creen que amar es asfixiar al otro con posesivas y engañosas promesas como "tú eres yo y yo soy tú" y "te amaré toda la vida" o con patriarcales elogios que no son tal: "me gustas cuando callas" (Neruda), tendrán la posibilidad de salirse del paradigma o por lo menos estudiar los nuevos adverbios del amor y conjugar otros verbos como madurar, tolerar y liberar...

Necesitamos...

El amor, la locura más curativa y civilizadora del mundo, siempre y cuando aprendamos a amar sin promesas, sin juramentos de felicidad eterna, sin engaños. Con el augurio de amar al otro o a la otra libre, sabiendo que no por esto evitaremos el dolor, pero siempre seremos en el amor.

Menos cópula, genitalidad e instinto y más lenguaje, erotismo y escucha del otro u otra.

Menos afán, más calma.

Menos consumo y más satisfacción del otro y de la otra.

Menos verdad absoluta, menos adverbios de un amor totalizante, como el asfixiante: 'yo soy tú y tú eres yo'.

Dejar de pedir al otro que nos ame para siempre.

Menos símbolos de un amor totalizante, del machismo, de la ignorancia y una opción madura desde la tolerancia.

Menos madres desde la confraternidad y más mujeres protagonistas modernas de sus existencias y dueñas de sus cuerpos.

Menos hombres producto de una ideología trasnochada de la virilidad, más paternalización y discursos masculinos de una vida cotidiana. Más compromisos decididos de los hombres para cambiar el poder por una caricia, una fragilidad.

Preguntarnos por una posibilidad de reconstruir los viejos pactos del amor, que se habían construido sobre cimientos de poder que imposibilitan todo diálogo y convivencia.



No hay un otro u otra para mí

El amor de los boleros, de las baladas y de los vallenatos, que extraen sus contenidos de nuestros imaginarios amorosos son simples metáforas que nos ayudan a soportar la realidad que es otra, aun a cuento del enamoramiento, la primera fase del amor.

Ilusiones muy arcaicas toman la delantera y abren la puerta al deseo de colmar el vacío, de calmar ese deseo de fusión y perderse en el otro.

El enamoramiento es la trampa fantástica: "por fin encontré al otro que me va a complementar, me colma de todo, yo soy tú y tú eres yo, amor mío". "Veo el mundo con tus ojos.”

Una mañana ese yo se estrella contra una pared y mientras más se haya creído tales promesas, más duro o más apegado esté a esa etapa, más fuerte va a ser el golpe.



Derecho a la indiferencia

El amor es complejo y diverso, heterosexual y homosexual, explica Florance Thomas.

Repensar el amor es ampliar sus fronteras y abrirlas a otros encuentros que permitan que dos hombres o dos mujeres puedan vivir el deseo amoroso, desde el legítimo deseo a la diferencia, para luego exigir el derecho a la indiferencia.

En Colombia apenas se está buscando el derecho a la diferencia. En los países europeos la consigna es el derecho a la indiferencia, es decir que homosexuales y heterosexuales bailen juntos y no obligar a los primeros a vivir en guetos.

Derrumbar las fuentes de la homofobia. Gays y lesbianas nos incitan a cultivar la voluntad de ir más allá y de actuar sobre nuestro futuro, a partir del cual sería posible reintentar nuevas formas de relaciones consigo mismo y con los otros, rechazando modos de vida impuestos y resistiéndose a la liberación sexual obligada.

Hablar de tolerancia y de diferencia se debe hacer desde la tierna edad y en la cotidianidad.



Cómo amar de otra manera

Las formas de amar que subsisten fueron articuladas por el lenguaje, la historia y la cultura. Hoy en día se ha pasado de la cópula y del instinto, al deseo y al amor, se ha convertido el sexo en sexualidad.

El reto no es hacer el sexo, copular, sino hacer dramáticamente el amor con un otro o una otra desconocido e inaccesible, aunque se llega a creer tramposamente que ese otro u otra se conoce. Para el amor existe una nueva ética.

Entre el demandar amor y su respuesta hay una distancia, un vacío. Demandar amor es pedir algo que el otro u otra no me puede dar. Es confrontarse con el vacío, con la insatisfacción o con una satisfacción que siempre será parcial.

Madurar en el amor es aceptar esa carencia, entender que no existe un otro o una otra que se acopla perfecto a mis demandas y que gracias a este vacío existe el deseo.

Porque siempre falta amor sigo buscando y así vivo y me vuelvo sujeto de la cultura. Si el otro me colmara entraría en un nirvana y me dejaría morir.

Y el origen del amor que podemos dar se encuentra en el amor recibido, pero recibido bien, no de la sobreprotección.

Cuando uno entiende que no hay un otro para mí uno se vuelve capaz de amar. Ningún otro podrá satisfacer mis demandas y el otro espera de mí lo que no le puedo dar. Entenderlo significará que toleramos que el otro o la otra no vaya a ser mío(a) y que siempre subsistirá en su diferencia.



El otro subsiste en su diferencia

El otro siempre va a penetrar el límite de mi libertad.

El enamoramiento no supone un paso cerrado, una fusión asfixiante: "respiro por tu boca", "veo el mundo con tus ojos", es un proceso amoroso casi sicótico y paradójicamente solitario, porque finalmente negamos al otro.

Los protagonistas del amor han cambiado, ya no son Efraín y María. Las mujeres están aprendiendo a hablar y desear desde nuevos lugares y el viejo guión amoroso de la eternidad ya no sirve.

A partir del reconocimiento de la diferencia existencial de sujetos libres y autónomos y del aprender a definir "yo soy yo, tú eres tú" se logrará una nueva manera de amar. Reconociendo que "no tengo para ti lo que esperas de mí" y admitiendo así que la soledad es el meollo de la condición humana.



Ellas y ellos

Las colombianas apenas están aprendiendo que sólo desde una imagen de sí mismas gratificante y menos culpable, el amor se torna en una fuente límpida de goces.

Sólo aprendiendo a enamorarse de la distancia que nos separa hay posibilidad de encuentro. Sólo desde la libertad es posible el amor. Desde su propia palabra del amor y el erotismo las mujeres descubrirán un goce que no se tiene que alimentar del goce masculino.

Mientras no haya mujeres en las mesas de negociación no va a ver nadie que ponga sobre el tapete la vida cotidiana, los problemas domésticos, el amor, el erotismo y esos temas hacen parte de la paz.

La masculinidad no es una esencia, es una ideología, una construcción. Hay que desterrar sueños de hombre como: "La amo a usted dependiente, luego adorable", "Me gustas cuando callas...".

Abandonando los privilegios que les otorgó una cultura patriarcal, dejando de ser amos del saber del mundo, del saber sobre las mujeres y dejando de ser dueños de sus existencias los hombres podrán encontrarse, sin vacilaciones y ambivalencias, con ellos mismos y luego con las mujeres. FLORENCE THOMAS, FEMINISTA COLOMBIANA

"Si no hay democracia en la cama tampoco la habrá en el país"


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Por Claudia Karim Quiroga

La designación del 8 de marzo para celebrar el Día Internacional de la Mujer definió la trasformación de la condición de las mujeres en el mundo occidental y se convirtió en la única revolución triunfante del siglo XX en la que no hubo muertos.

Florence Thomas, coordinadora del grupo Mujer y Sociedad y autora de varias publicaciones en torno a la participación de la mujer en diferentes esferas de la sociedad, estuvo esta semana en Cúcuta.    

La sicóloga de la universidad de París, y columnista del diario El Tiempo, ofreció una conferencia en la Cámara de Comercio. A la cita acudió buen número de mujeres, contrastando con los tres hombres que observaban el femenino panorama.
La conquista, que desde 1950 la mujer ganó con el sufragio, es desconocida, a veces, por las jóvenes que no saben que los logros de madres y abuelas no han sido gratuitos.    
“Nada de lo que viven hoy las jóvenes ha sido regalado a sus madres. Es el fruto de luchas, de separaciones y de decisiones”, observó Thomas.
En el pasado, la mujer tuvo que enfrentarse a los maltratos de una cultura patriarcal que no estaba dispuesta a ceder tan fácilmente, agregó sobre la pertinencia de recordar la historia que han vivido las mujeres y con el fin de no repetir los errores.      
Florence denunció que ningún grupo ha sido tan "terriblemente" golpeado y abusado como la mujer, que ocupa el 51 por ciento de la población mundial. Son 5.000 años de historia, en la que el cuerpo femenino fue mutilado y era propiedad exclusiva de los hombres, agregó. 
Las mujeres colombianas trabajan calladas, “como hormiguitas”. Hay algunas que están generando en el país procesos de resistencia pacifica y de construcciones de otras maneras de encontrar diálogos y convivencia.  Sin embargo, todavía tienen en sus manos la responsabilidad de los hijos y de las hijas, en ellas está el país de mañana. 
Criticada por muchos, Florence es sinónimo de convicciones fuertes y de agilidad mental. Es una mujer que, aparentemente, luce fuerte. Incluso, ha sido tildada de agresiva, adjetivo que cambia por el vehemente. Tiene el don de la palabra y la elocuencia, que con el característico dejo francés, llaman la atención. Empezó a trabajar por la mujer desde que llegó al país enamorada de un colombiano. El contraste con la floreciente París de 1960, con las grandes mujeres de la literatura y las artes, los grupos de rock y la cultura que se respiraba en los salones de arte y en los míticos parques parisinos, se despertó en Colombia con mujeres demasiado sumisas.      
Florence disfruta su trabajo, lo mismo que su casa, en la que reposan los objetos que más quiere, las flores, la computadora. La acción de entrar al apartamento, después de la jornada diaria, y encontrarse con ese “pequeño mundo” de cada cuál es un placer que disfruta a cabalidad. No guarda con celo su conocimiento, al contrario, lo ofrece. La misión, si se opta por tomarla o no es decisión de cada cual, y la misión está mucho más allá del sexo; son las enormes ventajas que ofrece la diferencia.

Claudia Karim Quiroga. – ¿Existe alguna especie de reacción por parte de las mujeres a ser perfectas?   

Florence Thomas. – Se han dado cuenta de que nos están pidiendo demasiado. No podemos ser las profesionales, responsables, libres, con ventajas y privilegios ganados, pero con una cantidad de retos frente a las viejas cargas del siglo pasado.   

C.K.Q. – Las mujeres quieren seguir siendo buenas mamás, quieren seguir amando a los hombres, pero no a cualquier precio...           

F.T. – Ellas responden como nadie a lo que deben responder. Son las que cuando empujan la puerta de la casa tienen que llegar a recoger el desorden, encuentran la alberca llena de ropa sucia. Allí empieza una segunda jornada de trabajo. También, hay mujeres que trabajan y que pertenecen a juntas de barrio y son representantes de la comunidad y asisten por las noches a las reuniones. No tienen tiempo de deprimirse, ni de llorar. Son las mujeres que están permitiendo que el país amanezca cada mañana.    

C.K.Q. – ¿Cuál es la fortaleza de la mujer?           

F.T. – Está en el contacto que tiene con la vida cotidiana, con el otro, en la estética de la vida cotidiana, del arreglo de las cosas y de la casa.     

C.K.Q. – ¿Qué piensa sobre la maternidad?           

F.T. – No creo que exista un instinto maternal, si lo hubiera no habría niños en la calle, abandonados, porque el instinto no falla.     

C.K.Q. – ¿Cómo son los hombres?           

F.T. – Son niños grandes que no terminan de crecer nunca. Reitero que no he declarado la guerra a los hombres. Amo a los hombres profundamente. Tengo dos hijos varones y tuve esposo por diez años. No obstante, no podemos dejar este país en manos de los hombres porque lo están haciendo muy mal. Hablan distinto, se toman la palabra y no la sueltan nunca e intentan explicar el mundo, simplemente, porque son hombres.     

C.K.Q. – ¿Cómo es la mujer nortesantandereana?           

F.T. – Es muy berraca para resistir semejante machismo. Deben ser mujeres muy lindas, porque, o si no, se hubieran muerto todas. Pienso que son valientes, echadas para adelante, cuando empujan la puerta de la casa, nadie la vuelve a cerrar. Claro que todavía hay mujeres muy pasivas en relación con el dominio de los hombres. La educación es una clave, porque trasforma, porque cambia todo. 

C.K.Q. – ¿Cómo es Florence Thomas?           

F.T. – Me veo como una mujer vital; pero, también, tengo muchas fragilidades. No soy la mujer fuerte que la gente piensa. Soy una mujer absolutamente corriente. Con dos hijos profesionales que volaron por sí mismos. Adoro mis espacios, mis matas, mis flores, pero también mis libros, mi computadora. Cuando estoy en una conferencia doy todo, e incluso, a veces, digo cosas que no debo decir. Pero me doy. Soy vehemente y apasionada.    

C.K.Q. – ¿Sobre el feminismo?            

F.T. – Uno no nace feminista, se vuelve feminista. Colombia me volvió feminista desde que llegué en la época de los 60 enamorada de un colombiano. Fue un choque cultural encontrar mujeres tan dependientes de los hombres. Luego, en la Universidad Nacional, con cinco amigas nos reunimos y empezamos a trabajar los textos del feminismo internacional para entender su existencia. Así se construyó el grupo Mujer y Sociedad.    

C.K.Q. – ¿Cuál es el gran triunfo de la mujer?           

F.T. – Controlar la reproducción de la sexualidad. Hacer el amor y gozar el amor sin pensar en un embarazo. Así como los hombres piensan en su cuerpo desde hace años. La anticoncepción significó un golpe muy duro para los patriarcas y para los machistas.      


NOS TOCÓ APRENDER A VOLAR
Los nudos del amor
Por: Florence Thomas
El Tiempo (23 de marzo de 2005)

Hablaré nuevamente del amor. Tengo la mala costumbre de volver regularmente a él. Porque, si bien es cierto que hemos cambiado aprendiendo a subvertir las viejas metáforas que nos significaban, el amor sigue siendo para la gran mayoría de nosotras un asunto de primera importancia aun cuando ya no es el único centro de gravedad de nuestras vidas como hace un siglo. Lo difícil ahora es componer, es equilibrar nuevas formas de ser en el mundo, a veces contradictorias pero que definen hoy a las mujeres modernas y urbanas. Y después de dos o tres décadas de aprendizaje de nuevas prácticas de sí, el amor sigue ahí. Un amor que debe confrontarse ahora con nuevas y múltiples aspiraciones duramente ganadas y frente a las cuales no hay retrocesos posibles.
Entonces está el amor, pero está el otro amado que obliga a componer con la diferencia; está el amor, pero está la necesidad de realización personal; está el amor, pero está la vida cotidiana que devora el amor; está el amor, pero está el deseo de autonomía, a menudo mortal para la vida de pareja; está el amor, pero está el deseo de hijos que se interpondrán en el dúo amoroso; está el amor, pero está el ejercicio de la ciudadanía; está el amor, pero está la vida laboral o profesional; está el amor, pero está el inaugural deseo femenino de soledad; está el amor heterosexual, pero surgen otras opciones a la esquina del deseo; está el amor, pero están los inconscientes y las historias de cada cual; está el amor, pero están los otros amores del pasado; está el amor, pero está la fragilidad de lo humano; está el amor, pero están sus viejos imaginarios que siguen actuando; está el amor, pero está el odio, tan cerca...
Definitivamente, el advenimiento de una mujer sujeto social, de una mujer sujeto de derechos y de deseo, generadora de palabra, de cultura, de mundos, nos coloca en el centro de difíciles encrucijadas que lo más a menudo tenemos que resolver solas. Ya no podemos sacrificar todo a nombre del amor, ya no queremos seguir con esta cultura del amor que nos definía hace un siglo; una cultura que era portadora de algunas felicidades y de muchas desgracias cuando las mujeres necesitábamos entonces ser amadas para existir.
Ya no, pero equilibrar nuevos deseos, nuevas posibilidades con antiguas nostalgias, hacer el duelo de viejos imaginarios y concepciones románticas del amor para dar entradas a estas inaugurales maneras de significar nuestras existencias, no es fácil ni puede hacerse en una o dos generaciones, más aun cuando sentimos que los hombres que más amamos no han logrado solidarizarse del todo con nosotras. Y esta solidaridad solo podrá generarse cuando ellos asuman que ese nuevo camino emprendido por las mujeres para redefinirse ellas en el amor, representa una oportunidad para plantearse una nueva pregunta relativa a su masculinidad, ya no desde una conciencia de la pérdida de este lugar privilegiado en la ecuación del amor, sino desde la profunda convicción de participar en la construcción de un nuevo pacto amoroso, más fértil desde la equidad y por esto más humano.
Sí, pero mientras logramos convencerlos, tenemos que ser acróbatas y lanzarnos al vacío, sin red. Nos tocó aprender a volar. Y bien, después de todo, no lo hacemos tan mal y, por lo menos, volamos.
Periodista y escritora barranquillera, actualmente vive en Nueva York. Sus artículos han aparecido en The New York Times, Time, Newsweek, The New Republic, The Miami Herald y The Paris Review entre otros. En 1996 fue elegida por Gabriel García Márquez para participar en uno de sus talleres de redacción. Trabajó en Nicaragua donde cubrió en 1990 la derrota de los sandinistas y luego se trasladó a Nueva York. Allí se empezó a interesar en el tema del Sida, particularmente en el contagio entre la población femenina. En 1997 ganó el premio Paul Taylor-Dorothea Lange del Center for Documentary Studies por su trabajo periodístico en Cuba. También fue seleccionada por la revista Time y por la cadena CNN como una de las voces latinoamericanas del nuevo milenio. Fue nominada al premio Pen por una obra de no ficción con su libro "En la tierra de Dios y del hombre".


lunes, 29 de agosto de 2011

Aunque no sea conmigo




BIOGRAFÍA

Rosa Amelia González Baeza, nace en Talca, un 16 de octubre de 1964. Desde pequeña manifiesta un gran interés por la lectura, pero es durante la enseñanza media (1979) que comienza a crear sus primeros tímidos versos, gran parte de los cuales terminan asesinados por ella misma, hechos trizas en el fondo del basurero o extraviados en alguna noche de juerga ilimitada.
En un loco afán por descubrir su propia voz poética, decide participar en talleres literarios dirigidos por destacados escritores como Enrique Villablanca, Gabriel Rodríguez y Matías Rafide, siendo este último quien sin saberlo y tal vez sin quererlo, gatilla en ella el despertar del oficio entregándole algunas claves para purificar de vicios sus textos, sin duda que desde ese momento ella asume un compromiso real y serio que se traduce en una constante búsqueda y perfección de su estilo.
Comienza a tener más participación en la actividad literaria de su ciudad, interviniendo en varios recitales poéticos en la Región del Maule. Realiza la publicación de algunos de sus trabajos en libros de carácter colectivo. Entre los años 1991 a 1996, se convierte en destacada columnista del Diario El Centro de la séptima Región, actividad que abandona por sentir que la motivación inicial había desaparecido.
Actualmente la autora se prepara para iniciar una nueva etapa creativa, aproximándose lentamente a la narrativa, pero sin abandonar el instinto cazador de imágenes que ella acumula a la hora en que muchos están durmiendo.

Loba Crepuscular


En tiempos primitivos no tuve que enseñar el paradigma hipnotizador de mi origen. Ese, que a veces me abandona y sin más preámbulo degenera en mi calaña aulladora. Antes, el índigo me inundaba de más luces y ahora entiendo, que sólo era un esbozo del nuevo azul que es sólo mío y tuyo, si lo antojas. Hacia lo alto del montículo, enganchan mis deseos empantanados de trasnoches en la feroz despedida de la que siempre fui. Aunque insistes, loba madre, en decirme que la noche no me abraza, ella está esculpida en la punta de mi lápiz que sin saberlo escribe. Ya no importan las calles recopiladas bajo mis pasos, despliego un centenar de formas nocturnas ocultas sobre el sol. Puedo ser el alfil que ignora su destino, aunque sé bien que en esa irreconocible existencia, hoy me encuentro con la loba nocherniega que me inunda de crepúsculos, a la vuelta de cualquier esquina. Si pudiera darte mi clave, sabrías que no existe, pero aún así, me asolan sobre los ojos imágenes que ninguna otra criatura puede ver, ni verá. Sé que la memoria es frágil, aún así, siempre recordaré cuando desplazaba mis patas afiebradas por el cemento inerme. Sigo mis huellas y dejo caer suave sobre la piel de transparencia inusitada un lastimoso aullido que trasciende en el infinitud de las sombras.

Soy la lluvia que moja el árbol prohibido. Conmigo, el fruto nunca madura

Insisto,

Me niego a dejar de insistir. Sucumbo, hoja de metal.
Reaparezco, se aumentan los arcángeles. Los santos, aquí, aún en pañales. Matriz de laringe.

Un segmento con una lámpara gradual, donde el ave de rapiña exhorta, las estampas del linaje en la cerca de la no presencia. Hay, una plaga púrpura en cada elemento, y yo, soy ese cortafuego.

Intimó con un suspiro en mi pezón. Un artificio, un engaño. El solsticio de invierno, cuando ya no seducimos el verano. Se mata, residiré comprendiéndome. Es mi género de conciliar.

Suspenderé, la misa nativa de la gracia. Mientras anochece sobre mis pensamientos, la luna ampara ese caer al despeñadero, entre la frondosidad de otro versículo donde aparece la clemencia y la conmemoración, la naciente sabiduría de mi sobrenombre, la molesta paz de mi habitación.

La manada, me acecha
La mancomunidad me reclama, cuando aún mi cadáver, garabatea.

Un gruñido se escapa de mis huesos, desahogando la tumba en que resido. ¿Qué ,zonas, aún no me conozco? Y seré en ningún tiempo, como viajera sin equipaje.

Cuando la expresión se perfeccione, conocerán los desvaríos mortales de la otra que nació alada.

Sin ninguna atadura visible que evidencie el ensueño. El día, y éste firmamento. Y aquél y aquella y aquellos y ninguno

Y la pasión del torrente que me ahoga.

Sobrelleva el entusiasmo relativo en reverso del acero. Luego, un estacazo. Luego, el torrente.

Luego, los océanos luego. Luego, después a media oscuridad

Esa advertencia, inocente, de mi perdurable virgen.

Enajenado monte de alabanzas. He inhalado la congoja, camino hacia ninguna parte

Luego, otro episodio, un compromiso.

Corazón de loba

Alaben a mi loba. Acérquense,, incrédulos a ese aro en que la vidente como un ave rapaz, predice mi parto, predice el maleficio, el pecado y la casta, que se desangra sobre la lluviak, lavando el núcleo llagado, vulnerando la pértiga en mi costilla. Un discreto suspiro abrirá la portezuela, trazando un destino inacabado. El atalaya. Corazón lobo, dice potestad, dice capitulación. He examinado mi retrato en la pestaña escarlata del sol. He visto mi entidad alba en la muralla, cuando resplandecía y lucía como una trémula nomeolvides. Circulaba el cauce en el reverso de mi estirpe, a manera de óleo sobre mi imagen, renacían los ancestros. Loba, loba, te amo. Te absuelvo porque te he erigido insalubre, como la maldad. Me consagro a preservarte en nombre de todas mis hermanas. Dime, oráculo, ¿adviertes mis prolongaciones, mi púrpura marisma membrana de carnicera indigna y el desafecto de mi pestaña pastosa?

Ensálzame, soy irreparable y frecuento al librepensador. No hay éxodo que finiquite el rugir de mi sangre. Las víboras no han conseguido obstruir la trampa que agrieta el sempiterno afluente. Expresó el indeleble légamo. Enjuagó mis favores escarlatas. Abandonó las lisonjas en el módulo obsceno, ese que nos inquietaba cuando nos abarcaba el trifolio impávido, trifolio y serenidad, trifolio malversado instante nunca

Indivisible tenebrosidad.

Este amanecer es la maldición.
Cualquiera habita matando y notamos que son indivisibles.
Eres por siempre
Mi diosa loba, madre de mi madre. Hija de mi espíritu santo

Un ajedrez con el infinito

Agitan blancas piezas los vasallos del juego: me saco el grillete, voy de pasillo en pasillo, la cándida ya no se desarrollará, atalaya conquista al emperador indefenso, una migaja se depura y es gracia inmemorial en los pelajes. Regresamos sobre el mutismo de las bocas. Un grácil pájaro ha hilvanado su risita sobre el aire. Tiemblan, oscurecidos alfiles. El ebrio hedor, se asocia al cuchillo degolladero y a la encéfala herencia. ¿Qué, es? Una contemplación entre el conflicto, un olfato que la revolución mar adentro crea, cuando el apetito asciende. Astucia y subsistencia; el brote, presiona sus aguijones en la faringe de esta amanecida. Se estremecen limpias mis manos: lo naciente en la concavidad de mi calavera. ¿Gozas, sabedor del cántico helénico? Se desprende de su musculatura, Vicente, para digerir. Un caballo respinga su despótico envés. Conquisto oscurecidos recuerdos: una pieza desde la raíz de la confusión; lleva antifaz. La loba adivina, bajo los nublados. Hay, todopoderosos percibiendo. La loba espera en entretelas, indivisible, sobre el púlpito descomulgado.

En el último casillero, ha subsistido sólo un alma... Jaque mate.

Me perturba la mirada limpia de Judas

En fragmentos he desfallecido sobre la escama de piedra caliza clara y oscurecida, bajo los arcos de triunfo. Una fresca brisa bajo las extremidades hace temblar mi esqueleto el precipicio. Son tiempos de corceles azabaches. Abolengo en los antepechos, y en mi vestidura, sólo la noche. La canción reúne a las hermanas, mi fundamento se perfecciona, menesteroso. Es tan anémico, lleva un ciclo de sol en el tobillo. Abandona el rastro susurro y deja la sangre colgando de los colmillos en señal de triunfo.

Aullido.

El jadeo protesta. Un animal de presa se pernocta en el tragaluz pequeño de mis ojos y vislumbra íntimamente mi sollozo, la próxima víctima, la morada de la muerte se precipita. No hay Edén. Conmueven, los cándidos vagidos de las sacrificadas. Sobre el muro Narciso, fundida en lo andado, instituida, poderosa. Como se aborrecen estos argumentos que dignifican el crimen.

El mandato

A mi loba, más tarde

En verdad ella ha dejado de aullar, profesa que jamás ha caminado en cuatro patas. Juzga, que en ningún tiempo se ha quejado y que los astutos ocuparon su puerto, pero ella escudriña un hedor a sal profetizada, se acaricia los pezones, afila los colmillos, se eclipsa por el desfiladero, trata de fragmentar esa zona de redención sobrecargada de pecados. ¿Cómo, no pecar de ignorancia en este insuperable instante en que se delibera alevoso, tener olfato de loba, tal vez delinear el envés de esta hembra brutal con vuelos de galimatías, a lanceta, con el mismo bisturí? Su arte inflexible se paraliza en una comunión con la caricia imparcial. No retiembla, debe excitar el aullido que la aturde de tan imprevisto, pero la gracia de la inmensidad se le viene de las fauces. Ya, apesta a masa de agua su pelaje taciturno. Ya, los extremos. Duda, que no exista aullando; que escriba, pretendiendo hacerlo de día; eso yacería impropio en el semblante de los incrédulos. Por el lucero pequeño irrumpe la novísima puesta de sol en mendrugos, pero la loba inmortal esperanza su reinado, el reinado de serpentina, donde una vestidura limpia, cubrirá las figuras disgregadas por la noche. Sus prerrogativas le juzgan extraña, palpan a la mujer proverbio, la reclaman borrasca, no interpelan su generoso llamado.

Descifra que poco le seduce. Todo es negación y es carencia. Cree que no hay venida, que no puede separar los tiempos y subsistir en el prototipo de los ensueños, con aquella nueva mujer, irascible y clandestina que tantas veces ha tenido en su sexo.

Otro profeta anuncia su canto vehemente y entonces ella gime y le ofrece los hijos lóbregos que inventaba al borde del precipicio, rompe el pacto de silencio, y escribe los primeros acordes de un arcoiris sobre las estrellas los cuerpos mutilados por ella, están allí. Ella no pregonará arrepentimientos. La loba lo sabe y tiene miedo. Bebe, el último trago de sangre, piensa en la pared de su cuarto propio. Piensa, en la palabra que ella está susurrando por vez primera, la que siempre escribía por inercia, casi sin querer.

He cerrado los ojos para concederle un deseo a la loba de noche

Una noctámbula sombra se acerca a la ventana. La luna ha entrado fiera y profana la quietud del misterio que habita la imagen, que tuve y perdí.

Hay noches, en que el viento derriba mis prejuicios. Regresa la indomable, la indolente, la trémula, la indecente, la profana. Entonces las palabras se dejan caer sobre mi inconsciente y escribo entre el viento en la dimensión más oscura. Es el tiempo de convocar al brindis.

Y luego, la quimera de la innoble y el lápiz cuchillo certero asesinando las historias.

Ceder al impulso se hace necesario. Sobre la mesa, me dejarán las sombras papel blanco, tinta y un destino sin destino que es el de todos los que escriben. Frente a mí una mirada de loba triste acongoja el corazón de la nostalgia en está medianoche que trae de regreso la plácida estación del olvido. Aún, sigo respirando, el verbo del origen. Me reconozco. Soy, la loba.

Y soy, el desconsuelo, en esta noche larga.

Loba madre, permite, que se demore en llegar el amanecer.

Convoco, a la manada, en nombre del pacto.

Una densa calma atraviesa la mirada de mi alma felina. Escapo por la ventana y le digo que sí al instinto. No seré esta noche, ni ángel, ni demonio, ni la clave que todos buscan. Dejaré correr las palabras por la sangre de los elegidos. En los vientres, estériles sembraré semillas astrales y brotarán azules criaturas que perpetuarán la especie. Y vendrán, a poblar las sombras, pequeñas lobas de hablar pausado. Hijas del verbo.

Y, entonces, el silencio, recuperará su voz.

La especie, el origen.

Convócame noche de mi noche.

Escribir, después de todo, es sobrevivir a toda costa. Abrazados, al peor de los infiernos y escribir de la dicha dichosa. Hoy, el sol, eclipsa la luna de mi ayer y se alza el amanecer irremediable. Miro, la lapicera, en cuatro patas sobre el papel. Ella, es testigo, de toda la sombra que bebí, en nombre del verso.

Esta es una noche profusa, incandescente como la pasión.

Caminaré despacio entre penumbras, reconociéndome entre el sudor del rocío. Luego, la ceremonia de iniciación y la entrega total a la loba que me espera.

Un canto de trino lejano estremece la quietud del bosque, mientras vuelvo a nacer, entre la placenta húmeda del parto involuntario. Se concreta la razón y el principio de mi ser y estar.

Todo no puede ser una impertérrita mentira

Enmudece.

La lluvia

Dentro de mí, reposa herida mi loba. Ella, dijo la primera palabra y fue partera iluminada del verbo, renacieron promesas entre las cenizas de sus muertos. Vuelven los recuerdos con los sentidos desgarrados. Vuelve el aullido. Cada vez, más fuerte.

La noche no tiene piedad con sus hijos pérfidos y soy esclava de mis instintos, los pórticos de mi lengua se abrirán de par en par. Cruces de oro sobre la desigualdad y un hábito como paramento. Nada disminuye el duelo, pronuncio un rezo imperceptible.

Y son sólo lágrimas

Sólo lágrimas. Sólo la pérdida y el desamparo. El cuarto lóbrego, la perfección del miedo. Vigilar al acecho como animal herido y entonces el aullido como siempre.

El fragmento.

Abro la mano. Sólo para desalojarme de escrúpulos y acariciar el precipicio de mi ser. La mano se abre a esos signos y amanece sobre mi locura. Repatríame, antes de que todo sea renacimiento y cuelguen las migajas de mi loba ascendencia.

Todo se vuelve incierto cuando duermo.

Consagración y obediencia.

Alzo la copa contra el sol. Mi corazón se funde y no lo reconozco. Desfila la noche como meretriz en celo sobre mi cuerpo, una y otra vez. Una sensual inspiración se desliza por mis piernas, vientre adentro. Giro la copa, y bebo sólo por el placer de reencontrarme. Gimo, descontrolada, mientras el caos se contrae y todo el ciclo se renueva.

Hoy no tengo prisa, me inquieta la quietud de mi océano y ya se aproxima el instante de emprender el viaje hacia el profundo despertar de mi linaje. Las horas sepulcrales se aproximan a mi barca. Me inquiero en el abecedario no descifrado, en la señal que no fue, en la prolongación de mi otra vida que retorna.

Me llamo, aferrada a mi reflejo.

Percibo, lejos, un gemido en el vientre.

Esterilidad

Me cubre la tinta ancestral y no es la certeza rescatada del caos. Es, la melodiosa canción que traje, desde la noche de ayer. La palabra imagen y el diccionario indómito que salve, navegándome en noches eternas. Sumergida en el roció indómito de mi aliento. Un vestigio de mi reflejo yace vagabundo, atrapado en el mismo espejo que me quebró la nostalgia. Y enciendo hogueras a la diosa madre que me acoge. Vuelvo al bosque patria de mi cimiente y descanso sobre el montículo de noche despoblada que un día me vió nacer.

Existo en la noche con su negrura de abismo sin fin. Me adormece la multitud del amanecer con el alma en aborto perpetuo.

Las iglesias me bautizaran en la pila clandestina. Y vendrán a proclamar mi venida las sombras que cubrirán el destino de los caminos. Se abrirán las puertas hacia el infinito y volveré, como siempre, a reír sobre el ombligo del mundo.

Después, dejaré caer mi hocico, sobre el pasillo húmedo de la figuración. En comunión con la tarde que se acerca, volverá a brillar en mis ojos la señal de mi loba. Convertiré la luna en selva virgen, perfilando la sinuosa figura de mi reflejo. Un destello rojo sobre las miradas. Un descanso, para la guerrera que soy.

Al acecho.

Describo el acecho como signo evidente de mi animalidad. Deletreo mi nombre sobre el muro blanco de la vida oblicua. La noche me avisa que la cacería ha comenzado. Las trompetas anuncian que debo correr por la planicie de mis pesadillas. La batalla recién comienza, y el sueño se extiende en el espejo que me mira. Nada es lo que era, y todo apenas es una parte de un principio, aún no nacido.

El cazador no vacila. Vacila la presa, y se despide. Abre tus brazos para mi cuchillo: te daré el sueño, no el olvido.

Percibo el susurro de mi loba en el hálito del puñal, en el aro de la tregua herida. La senda de este rondar la calle hace florecer los gritos. Una loba macho me mira monte abajo, mientras el volcán eterno de mi existencia atrapa la víctima anunciada. Tengo un fuego extraño en la mirada. Aún tengo hambre.

Los aullidos atraviesan la quietud del bosque.

Me atraviesa los sentidos el olor a sangre.

Y me lanzo bosque adentro en busca del trofeo prometido.

Escribo un epitafio sobre mi sombra y adivino el eterno retorno que me persigue. Un cúmulo de cicatrices agrieta mi piel curtida de noche. Noches, en que me he desgarrado el alma en mil tormentos. Allí, siguen las heridas abiertas como testigos de la batalla, la batalla que nunca termina. Y entonces, todo vuelve a florecer en gloriosos instantes de placer, donde dibujo el encuentro con la vida que perdí. El otro lado del reflejo. La palabra que se hizo inmortal. He renacido entre las antiguas cicatrices. A veces, se me da por pensar y creer que sólo fui, un sueño pasajero, pero este aullido atrapado en la garganta, me recuerda la loba que me habito. Hoy miro desde el balcón de la esperanza el desconsuelo de la victoriosa entrega. Todo por un verso y ganarle la batalla a este odioso juego con el infinito.

La loba vive.

Canta, sufrida; esperándome en alguna esquina del ensueño. Yace cansada en algún pálpito de memoria. Espera ser nacida, renacida, como siempre en el altar de las pesadillas.

Encuentro el rastro hacia el confín de mi alma. Una demoníaca lujuria descansa sobre mis hombros y aún así regreso a dibujar sueños, sin forma, sólo por soñar, sólo por crear. Aulló burla.

El torso desnudo con los pechos libres y un dolor sin consuelo colgando de mi herida abierta.

Hoy dejaré que la pasión traicione a la razón.

La brisa de la mañana me despierta desnuda sobre la imagen que perdí, una noche de tantas. Un lecho cansado de esperar, dibuja el contorno de mi cuerpo a la distancia, como perdido entre lunas, junto al viento.

Espíritu Ancestral

Déjame caminar la calle despierta. Que el azul cielo ilumine mi pensamiento. Alma de mi alma. Bruta bestia de mis ruegos, deja que ascienda hacia la tierra.

El árbol verde, verde que te quiero verde, me espera florecido. Una estatua me sonríe traviesa en este día que me aplaca. Lejos aúllan las sombras proclamando mi destierro. Sé que mi loba herida, descansa y llora sin mí. Desvalida, lame sus heridas y se abandona al sueño, mientras espera mi llamado, mi posesión, mi creencia. En honor a ella entono un gemido callado que deja pendiente el pacto de sangre. Cae la noche y duermo junto a mi espíritu. Los pantanos de la muerte, permanecen sollozantes, callados, infértiles. Mientras yo caigo sobre el día que me aniquila lento. Me duele la loba en el vientre. Añoro el parto doloroso, el hijo sangrante y la muerte lenta, ebria sin mañana. Mis dedos recorren esta inmensidad sin estrellas y sólo el dolor atrapa mis caricias. Estoy que me existo.

Sin el aroma de las sombras mi verso no despierta vigoroso. Un verbo inofensivo y programado se adueña de mi inspiración. Se me escapa el fermento amargo de la divina ensoñación que fue sólo mía. Tuve las llaves de la eternidad. Pero me acalló el miedo. Loba, mi reina loba, aún aóllo a media tarde, en secreto, como pecando.

Hablo con mi espejo. Y el reflejo me sonríe. Sólo poesía.

Ángel caído

A la luz de una vela elíptica la madrugada se enciende. Dos cirios benditos. Vino oscuro, otra vez el brindis. La noche sigue fría. A través del sueño me cantan las pesadillas compañeras de creación. Sin querer me tomo un café, largo... largo, y escribo para no morirme tanto, para tanto no morirme. Aúllo.

Esta música ya no me pertenece. Esta voz me vino casi por supervivencia. Esta voz no es la mía. Las palabras no tienen sabor, ni color, ni vida. Sólo aparento el rito y me quedo con hambre, como animal sin presa. Encontré el camino y perdí el destino. No hay retorno, dice mi loba.

Mi piel se encabrita en esta distancia. Duele tener los huesos afuera y la piel adentro. Ya no sangra el verbo de mi verbo.

Te pienso, loba, como la mano que me ayudó a sostener la noche. Sé que eres tan nocturna como un crepúsculo de hora incierta, y aunque sonríe desafiando al sol, el búho que te habita sólo puede elevar vuelo al anochecer. No existe sabiduría sin crepúsculo.

¿Dónde peregrinarán las lobas sin noche?

Yo también busco un refugio, un abrazo. El crepuscular pelaje perdido.

Tengo sed.

El éxodo ha comenzado.

Soy, en este cuarto propio, voz y silencio. Voz que es alarido

Y el alma se vuelve misterio. El bosque renace como único hogar reconocido. Afuera no tengo patria y me duele la vida. La furia se desboca, voy viva muriéndome, es asunto de honor esta batalla y me envuelve la hoguera del pecado. Juegan conmigo los rostros inversos de mis congéneres, y aunque me mientan sus sonrisas, yo sé que por dentro las lobas hermanas, me lloran.

Y fue un adiós repentino. Me salvé de golpe.

Traición es la palabra que define la acción.

Creo en lo profético de mi palabra noche. En el caos perfecto de la subconsciencia. En el ir y venir con la razón despierta. Soy un animal herido que gemirá por los siglos de los siglos.

Y me haré un altar secreto, un oásis noctámbulo para calmar mi sed.

Inocente renazco del crimen.

Soy esclava de este sino glorioso. Un séquito de fantasmas me hace esclava del silencio y la perturbación.

Es mi reflejo repetido que trasciende la dimensión oblicua de mi ojo palomero.

Es otro bosque. Y hasta el aullido nace peregrino.

Escritos polvorientos deliberan el futuro de la manada que me sigue. Las lobas están despertando. Yo pienso en la libertad y me quedo mansa entre los brazos de la niña que murió en el parto.

Reclinada sobre el tálamo impasible respiro con mis comprensiones e invento tramas con las evocaciones de mi loba agreste.

La que no tiene pelos en la lengua. Oscurecida y atolondrada. Fuego en carne viva. Una daga recta me despierta impedida de marchar contra el destino.

Enardece éste pecho prisionero, entre imaginaciones aladas que atraviesan mi razón fosilizada. Me antoja volver a la serena ronda de mi niña. Resuelvo que las murallas vuelvan a tener alas.

La cazadora renacida de mi sangre intuye la otra historia que camina a tientas por el margen. Mi muñeca suicida reconstruye el pacto no cumplido. Afuera de mi llanto la ciudad se llueve de parábolas a medio terminar. En el nombre del Padre, como si fuera hombre el origen del verbo. Un silencio perturbador me atraviesa la espalda. Muero renacida.

He visto el rostro de la noche. Sucumbí al embrujo del reflejo narciso. Alábenme hijas del destierro. Lobas de día con piel de noche. Ha llegado la hora de reagrupar la manada sobre el caos y el olvido. Traigan la memoria en sus aullidos.

He escuchado la risa del infortunio. He visto ídolos de barro hacerse polvo entre mis fauces. He visto mi reflejo sobre la luna. He visto la ciudad de la diosa. He sido profeta sobre colinas blancas y colinas negras.

He visitado el reino de la inmortalidad. He dicho que mi muerte es mi único consuelo. Mátenme, he dicho, y no me han obedecido.

Ahora espero el juicio final, entre el tumulto del mundo. Sólo aullarán por mí, las sombras como testigos insignes de mis desvaríos.

Ultima estación. El infinito. El Ser a medio Ser. El poema a medio parir.

Algún día extraño, un designio inquisidor, tocará a mi puerta. No podré evitar que la poesía me cobre la deuda. Nacerán versos como mala hierba.

Será la hora de regresar al tabernáculo y poner rumbo sobre el líquido elemento del pecado. Después de todo, la filosofía no resiste la mirada del indestructible principio. Soy inmortal.

No puedo abandonar esta piel. Desoír el aullido milenario de la manada que me llama. Me atrapa el nauseabundo rastro de mi propio linaje. La ebria amanecida de mi hembra en celo. No puedo encarcelar mis instintos. Deambulo infinita por las calles mendigas de mi inconsciente

Insobornablemente loca

Insoportablemente cuerda

Indecente... como la buena vida.

domingo, 14 de agosto de 2011

Nadie nace mujer (1981)
Monique Wittig


El enfoque feminista/materialista de la opresión de las mujeres, acaba con la idea que las mujeres son un 'grupo natural': 'un grupo racial de un tipo especial, un grupo concebido como natural, percibidos como un grupo de hombres materialmente específicos en sus cuerpos'. Lo que el análisis consigue al nivel de las ideas, la practica torna actual en el nivel de los hechos: por su propia existencia, la sociedad lesbiana destruye el hecho artificial (social) que apunta las mujeres como 'un grupo natural'. Una sociedad lesbiana revela que la división en relación a los hombres, de los cuales las mujeres han sido un objeto, es política y muestra que hemos sido ideológicamente reconstituidas como un 'grupo natural'. En el caso de las mujeres, la ideología llega lejos ya que nuestros cuerpos, así como nuestras mentes, son el producto de esta manipulación. En nuestras mentes y en nuestros cuerpos, somos llevadas a corresponder, característica a característica, a la idea de naturaleza que ha sido establecida para nosotras; tan pervertida que nuestro cuerpo deformado es lo que ellos llaman 'natural', lo que supuestamente existía antes de la opresión; tan distorsionada que a fin de cuentas la opresión parece ser una consecuencia de esta 'naturaleza', dentro de nosotras mismas (una naturaleza que es solamente una idea). Lo que un análisis materialista hace con base en el razonamiento, una sociedad lesbiana cumple prácticamente: no sólo no hay un grupo natural llamado 'mujer' (nosotras lesbianas somos la prueba de eso), pero, como individuas, también cuestionamos 'mujer' que, para nosotras—como para Simone de Beauvoir—es sólo un mito. Ella afirmó: 'Una no nace, pero se hace una mujer. No hay ningún destino biológico, psicológico o económico que determine el papel que las mujeres representan en la sociedad: es la civilización como un todo la que produce esta creatura intermedia entre macho y eunuco, que es descrita como femenina'.
Sin embargo, la mayoría de las feministas y feministas-lesbianas en América y otras partes, aún consideran que la base de la opresión de las mujeres es biológica e histórica. Algunas de ellas pretenden encontrar sus raíces en Simone de Beauvoir. La creencia en el matriarcado y en una 'prehistoria' cuando las mujeres crearon la civilización (a causa de una predisposición biológica), mientras los hombres toscos y brutales hombres cazaban, es simétrica a la interpretación biológica de la historia hecha, hasta hoy, por la clase de los hombres. Es aún el mismo método de buscar en los hombres y las mujeres una explicación biológica para su división, excluyendo los hechos sociales. Para mí, esto no podría constituir nunca un análisis lésbico de la opresión de las mujeres porque se supone que la base de nuestra sociedad o de su inicio, está en la heterosexualidad. El matriarcado no es menos heterosexual que el patriarcado: sólo el sexo del opresor muda. Además, no solamente esta concepción es aún presa de las categorías del sexo (hombre/mujer), sino que se aferra a la idea de que la capacidad de dar a luz (o sea, la biología) es lo que define a una mujer. No obstante que los hechos prácticos y los modos de vida contradigan esta teoría en la sociedad lesbiana, hay lesbianas que dicen que 'las mujeres y los hombres son especies distintas o razas: los hombres son biológicamente inferiores a las mujeres; la violencia de los hombres es una inevitabilidad biológica'. Al hacer esto, al admitir que hay una división 'natural' entre mujeres y hombres, naturalizamos la historia, asumimos que 'hombres' y 'mujeres' siempre han existido y siempre existirán. No sólo naturalizamos la historia sino también, en consecuencia, naturalizamos el fenómeno social que expresa nuestra opresión, haciendo el cambio imposible. Por ejemplo, no se considera el embarazo como una producción forzada, sino como un proceso 'natural', 'biológico', olvidando que en nuestras sociedades la natalidad es planeada (demografía), olvidando que nosotras mismas somos programadas para producir progenie, mientras es la única actividad social, "con la excepción de la guerra", que implica tanto peligro de muerte. Así, mientras seamos "incapaces de abandonar, por voluntad o impulso, un compromiso de toda la vida y de siglos, de producir niñas como el acto creativo femenino', ganar el control sobre esa producción significará mucho más que el simple control de los medios materiales de ella: las mujeres tendrán que abstraerse de la definición 'mujer' que les es impuesta.
Una visión materialista muestra que lo que nosotras consideramos la causa y origen de la opresión, es solamente un mito impuesto por el opresor: el 'mito de la mujer' y sus manifestaciones y los efectos materiales en la conciencia apropiada y el apropiado cuerpo de las mujeres; asimismo, ese mito no antecede a la opresión: Colette Guillaumin ha demostrado que antes de la realidad socio-económica de la esclavitud negra, el concepto de la raza no existía, o por lo menos, no tenía su significado moderno, pues estaba aplicado a la linaje de las familias. Sin embargo, hoy, la raza, tal como el sexo, es entendido como un "hecho inmediato", "sensible" , "características físicas" que pertenecen a una orden natural. Pero, lo que nosotras creemos que es una percepción directa y física, no es más que una construcción sofisticada y mítica, una 'formación imaginaria' que reinterpreta trazos físicos (en sí mismos tan neutrales como cualesquiera otros, pero marcados por el sistema social) por medio de la red de relaciones en las cuales ellas son vistas. (Ellas son miradas como negras, por eso son negras; ellas son miradas como mujeres, por eso son mujeres. Pero, antes de que sean vistas de esa manera, ellas tuvieron que ser hechas así). Las lesbianas deben recordar y admitir siempre cómo ser 'mujer' era tan 'innatural', totalmente opresivo y destructivo para nosotras en los viejos tiempos antes del movimiento de liberación de las mujeres. Era una constricción política y aquellas que le resistían eran acusadas de no ser mujeres 'verdaderas'. Pero entonces quedábamos orgullosas de eso, porque en la acusación estaba ya algo como una sombra de triunfo: el consentimiento, por el opresor, de que 'mujer' no era un concepto tan simple (para ser una, era necesario ser una 'verdadera'). Al mismo tiempo, éramos acusadas de querer ser hombres. Hoy, esta doble acusación ha sido retomada con entusiasmo en el contexto del movimiento de liberación de las mujeres, por algunas feministas y también, por desgracia, por algunas lesbianas cuyo objetivo político parece ser volverse cada vez más 'femeninas'. Pero rehusar ser una mujer, sin embargo, no significa tener que ser un hombre. Además, si tomamos como ejemplo el perfecto 'butch' (híper masculino) —el ejemplo clásico que provoca más horror—a quien Proust llamó una mujer/hombre, ¿,en qué difiere su enajenación de alguien que quiere volverse mujer? Son gemelos siameses. Por lo menos, para una mujer, querer ser un hombre significa que escapó a su programación inicial. Pero, aún si ella, con todas sus fuerzas, se esfuerza por lograrlo, no puede ser un hombre, porque eso le exigiría tener, no sólo una apariencia externa de hombre, sino también una conciencia de hombre, o sea, la conciencia de una que dispone, por derecho, de dos—si no más—esclavos 'naturales' durante su tiempo de vida. Esto es imposible, y una característica de la opresión de las lesbianas consiste, precisamente, en colocar a las mujeres por fuera de nuestro alcance, ya que las mujeres pertenecen a los hombres.
Así, una lesbiana tiene que ser cualquier otra cosa, una no-mujer, un no-hombre, un producto de la sociedad y no de la naturaleza, porque no hay naturaleza en la sociedad.
El recurso en convertirse (o mantenerse) heterosexual siempre significó rechazar convertirse en un hombre o una mujer, conscientemente o no. Para una lesbiana esto va más lejos que el recurso del papel 'mujer'. Es el recurso del poder económico, ideológico y político de un hombre. Esto, nosotras lesbianas, y también no-lesbianas, ya sabíamos antes del inicio de los movimientos feministas y lésbicos. Sin embargo, como hace notar Andrea Dworkin, muchas lesbianas recientemente 'intentaron transformar la propia ideología que nos esclavizó en una en una celebración dinámica, religiosa, psicológicamente coercitiva del potencial biológico femenino'. Así mismo, algunas avenidas de los movimientos feminista y lésbico conducen de nuevo al mito de la mujer creada por el hombre, especialmente para nosotras, y con él nos ahondamos otra vez en un grupo natural. Después de que hemos tomado posición por una sociedad sin sexos, ahora nos encontramos presas en el familiar callejón sin salida de 'ser mujer es maravilloso'. Simone de Beauvoir subrayó particularmente la conciencia falsa que consiste en seleccionar entre las características del mito (que las mujeres son distintas de los hombres) aquellas que se parecen bien y usando-las como definición para mujer. Lo que el concepto 'mujer es maravilloso' cumple es instituir, para definir mujer, las mejores características (mejores de acuerdo con quien?) que la opresión nos garantizó, y no cuestiona radicalmente las categorías 'hombre' y 'mujer', que son categorías políticas y no hechos naturales. Esto nos pone en la posición de luchar dentro de la clase 'mujeres', no como hacen las otras clases, por la disparicion de nuestra clase, pero para defender las 'mujeres' y su fortalecimiento. Nos conduce a desarrollar con complacencia 'nuevas' teorías sobre nuestra especificidad: así, llamamos a nuestra pasividad 'no-violencia', cuando nuestra lucha más importante y emergente es combatir nuestra pasividad (nuestro miedo, justificado). La ambigüedad de la palabra 'feminista' resume toda la situación. Que significa 'feminista'? Feminismo es formada por las palabras 'hembra', 'mujer', y significa: alguien que lucha por las mujeres. Para muchas de nosotras, significa una que lucha por las mujeres y su defensa—por el mito, por tanto, y su fortalecimiento. Pero porque ha sido escogida la palabra 'feminista' si es tan ambigua? Elegimos llamarnos feministas hace diez años, no para apoyar o fortalecer el mito de lo que es ser mujer, no para identificarnos con la definición del opresor de nosotras, pero para afirmar que nuestro movimiento contaba con una historia y para subrayar el lazo político con el viejo movimiento feminista.
Así, es este movimiento que podemos poner en cuestión por el significado que ha dado al feminismo. Ocurre que el feminismo del siglo pasado no fue capaz de solucionar sus contradicciones en los temas de naturaleza/cultura, mujer/sociedad. Las mujeres empezaron a luchar por sí mismas como un grupo y consideraron acertadamente que compartían trazos comunes como resultado de la opresión. Pero, para ellas, estos trazos eran más naturales y biológicos que sociales. Ellas fueron tan lejos como adoptar la teoría darwinista de la evolución. Sin embargo, no creían, como Darwin, 'que las mujeres eran menos desarrolladas que los hombres, pero creían, sí, que la naturaleza tanto del macho como de la hembra habían divergido en el curso del proceso evolutivo y que la sociedad en general reflejaba esta polarización'. 'El fracaso de las primeras feministas fue que solamente atacaron la idea Darwinista de la inferioridad de la mujer, pero aceptaron los fundamentos de esta idea- o sea, la visión de la mujer como 'única'. Y, finalmente, fueron las mujeres estudiantes—y no las feministas—que acabaron con esta teoría. Pero las primeras feministas fracasaron en no mirar hacia la historia como un proceso dinámico que se desarrolla en base a conflictos de intereses. Más, ellas aún creían, como los hombres, que la causa (origen) de su opresión quedaba dentro de sí mismas. Y, por eso, después de algunos triunfos increíbles, las feministas se encontraron frente a un impasse, sin aparentes razones para luchar. Ellas sustentaban el principio ideológico de la 'equalidad en la diferencia', una idea que hoy está renaciendo. Ellas cayeron en la trampa que hoy nos amenaza otra vez: el mito de mujer.
Así, es nuestra tarea histórica, y solo nuestra, definir en términos materialistas lo que es opresión, para hacer evidente que las mujeres son una clase, lo que significa que las categorías 'hombre' y 'mujer' son categorías políticas y económicas y no eternas. Nuestra lucha intenta hacer desaparecer hombres como clase, no con un genocidio, pero con la lucha política. Cuando la clase 'hombres' desaparece, 'mujeres' como clase desaparecerán también, porque no hay esclavos sin señores. Nuestra primera tarea, al parecer, es siempre desasociar por completo 'mujeres' (la clase dentro de la cual luchamos) y 'mujer', el mito. Porque 'mujer' no existe para nosotras: es solo una formación imaginaria, mientras 'mujeres' es producto de una relación social. Hemos sentido esto fuertemente cuando, en todas partes, nos rechazamos ser llamadas 'movimiento de liberación de la mujer'. Más aún, tenemos que destruir el mito dentro y fuera de nosotras. 'Mujer' no es cada una de nosotras, sino la formación política e ideológica que niega 'mujeres' (el producto de una relación de exploración). 'Mujer' existe para confundir-nos, para ocultar la realidad 'mujeres'. Para que seamos consientes de sernos una clase, y para no convertirnos en una clase, tenemos primero que matar el mito de 'mujer', incluyendo a sus rasgos más seductores (pienso en Virginia Wolf cuando ella dice que la primera tarea de una mujer escritora es 'matar al ángel en la casa'). Pero, para que seamos una clase, no tenemos que aniquilar nuestra individualidad y, como ningún individuo puede ser reducido a su opresión, somos también confrontadas con la necesidad histórica de constituirnos a nosotras mismas como el sujeto individual de nuestra historia también. Creo que esta es la razón porque todas estas tentativas de dar 'nuevas' definiciones a la mujer, están floreciendo ahora. Lo que está en juego (y, claro, no sólo para las mujeres) es una definición individual, así como una definición de clase. Porque, cuando una admite la opresión, necesita saber y experimentar el hecho de que una puede ser su proprio sujeto (en contrapartida a un objeto de la opresión), que una puede convertirse en alguien. No obstante la opresión, que una tiene una identidad propia. No hay lucha posible para alguien privado de una identidad; carece de una motivación interna para luchar, porque, no obstante yo solo puedo luchar solamente con otros, lucho sobre todo por mí misma.
La cuestión del sujeto individual es históricamente una cuestión difícil para todos. El marxismo, último avatar del materialismo, la ciencia que nos formó políticamente, no quiere oír nada sobre el 'sujeto'. El marxismo rechazó el sujeto transcendental, el sujeto como constitutivo del conocimiento, la 'pura' consciencia. Todo ser que piensa por sí mismo, previa a cualquier experiencia, acabó en la basura de la historia, porque pretendía existir por encima de la materia, antes de la materia, y necesitaba Dios, espíritu, o alma para existir de esa manera. Esto es lo que se llama 'idealismo'. En cuanto a los individuos, ellos son sólo el producto de relaciones sociales y, por eso, su conciencia solamente puede ser 'enajenada'. (Marx, en La Ideología Alemana, dice, precisamente, que los individuos de la clase dominante también son enajenados, siendo ellos mismos los productores directos de las ideas que enajenan las clases oprimidas por ellos. Pero, como sacan obvias ventajas de su propia enajenación, ellos pueden soportarla sin mucho sufrimiento.) La consciencia de clase existe, pero es una conciencia que no se refiere a un sujeto particular, excepto mientras que participa en condiciones generales de explotación, al mismo tiempo que los otros sujetos de su clase, todos compartiendo la misma consciencia. En cuanto a los problemas prácticos de clase—fuera de los problemas de clase tradicionalmente definidos— que uno/a puede encontrar (por ejemplo, problemas sexuales), ellos fueron considerados problemas 'burgueses' que desaparecerían al triunfo final de la lucha de clases. 'Individualista', 'subjetivista', 'pequeño burgués', estos fueron las etiquetas aplicadas a cualquier persona que expresara problemas que no pudieran reducirse a la 'lucha de clases' misma.
Así, el marxismo ha negado a los integrantes de las clases oprimidas el atributo de sujetos. Al hacer esto, el marxismo, por causa del poder político y ideológico que esta 'ciencia revolucionaria' ejercía sin mediaciones sobre el movimiento obrero y todos los otros grupos políticos, ha impedido todas las categorías de personas oprimidas se constituyen históricamente como sujetos (sujetos de su lucha, por ejemplo). Esto significa que las 'masas' no luchaban por ellas mismas sino por el partido o sus organizaciones. Y cuando una transformación económica ocurrió (fin de la propiedad privada, constitución del estado socialista), ningún cambio revolucionario tuvo lugar en la nueva sociedad, porque las personas mismas, no habían cambiado.
Para las mujeres, el marxismo tuvo dos resultados. Les hizo imposible tener la conciencia de que eran una clase y por lo tanto de constituirse como una clase por mucho tiempo, abandonando a relación 'mujer/hombre' fuera del orden social, haciendo de ella una relación natural, sin duda, para los marxistas, la única relación vista de ésta manera, junto con la relación entre mujeres e hijos, y finalmente ocultando el conflicto de clase entre hombre y mujer detrás de una división natural del trabajo (La Ideología Alemana). Esto concierne al nivel teórico (ideológico). En el nivel práctico, Lenin, el partido, todos los partidos comunistas hasta hoy, incluyendo a todos los grupos políticos más radicales, ha reaccionado siempre contra cualquier tentativa de las mujeres para reflejar y formar grupos basados en su propio problema de clase, con acusaciones de divisionismo. Al unirse, nosotras las mujeres, dividimos la fuerza del pueblo. Esto significa que, para los marxistas, las mujeres pertenecen ya sea a la clase burguesa o a la clase obrera, o en otras palabras, a los hombres de esas clases. Más aun, la teoría marxista no concibe a las mujeres, como a otras clases de personas oprimidas, que se constituyan en sujetos históricos, porque el marxismo no toma en cuenta que una clase también consiste en individuos, uno por uno. La conciencia de clase no es suficiente. Tenemos que intentar entender filosóficamente (políticamente) estos conceptos de 'sujeto' y 'conciencia de clase' y cómo funcionan en relación con nuestra historia. Cuando descubrimos que las mujeres son objetos de opresión y apropiación, en el momento exacto en que nos volvemos capaces de reconocer esto, nos convertirnos en sujetos en el sentido de sujetos cognitivos, por medio de una operación de abstracción. La conciencia de la opresión no es sólo una reacción a (luchar contra) de la opresión. Es también toda la revaluación conceptual del mundo social, su total reorganización con nuevos conceptos, desde el punto de vista de la opresión. Es lo que yo llamaría la ciencia de la opresión creada por los oprimidos. Esta operación de entender la realidad tiene que ser emprendida por cada una de nosotras: llamémosla una práctica subjetiva y cognitiva. El movimiento para adelante y para atrás entre los niveles de la realidad (la realidad conceptual y la realidad material de la opresión, ambas realidades sociales) se consigue por medio del lenguaje.
Somos nosotras que históricamente tenemos que realizar esa tarea de definir el sujeto individual en términos materialistas. Seguramente esto parece una imposibilidad, porque el materialismo y la subjetividad siempre han sido recíprocamente excluyentes. Sin embargo, y en lugar de perder la esperanza de llegar a entender alguna vez, tenemos que reconocer la necesidad de alcanzar la subjetividad en el abandono por muchas de nosotras del mito de 'la mujer' (que es sólo una trampa que nos detiene). Esta real necesidad de cada una de existir como individuo, y también como miembro de una clase, es tal vez la primera condición para que se consume una revolución, sin la cual no hay lucha real o transformación. Pero el opuesto también es verdad también; sin clase y conciencia de clase no hay verdaderos sujetos, solamente individuos enajenados. Para las mujeres, responder a la cuestión del sujeto individual en términos materialistas consiste, en primer lugar, en mostrar, como lo hicieron las feministas y las lesbianas, que los problemas supuestamente 'subjetivos', 'individuales' y 'privados' son, de hecho, problemas sociales, problemas de clase; que la sexualidad no es, para las mujeres, una expresión individual y subjetiva, sino una institución social de violencia. Pero una vez que hayamos mostrado que todos nuestros problemas supuestamente personales son, de hecho, problemas de clase, aún nos quedará responder al asunto de toda mujer singular singular—no del mito, sino de cada una de nosotras. En este punto, digamos que una nueva y subjetiva definición para toda la humanidad, puede ser encontrada mas allá de las categorías de sexo (mujer y hombre) y que el surgimiento de sujetos individuales exige arruinar primero las categorías de sexo, eliminando su uso, y rechazando todas las ciencias que aún las utilizan como sus fundamentos (prácticamente todas las ciencias).
Destruir 'mujer' no significa que nuestro propósito consiste, si no en la destrucción física, arruinar el lesbianismo simultáneamente con las categorías de sexo, pues el lesbianismo ofrece, de momento, la única forma social en la cual podemos vivir libremente. Lesbiano es el único concepto que conozco que está más allá de las categorías de sexo (mujer y hombre), pues el sujeto designado (lesbiano) nos es una mujer, ni económicamente, ni políticamente, ni políticamente, ni ideológicamente. Pues lo que hace una mujer es una relación social específica con un hombre, una relación que hemos llamado servidumbre, una relación que implica una obligación personal y física y también económica ('residencia forzosa', trabajos domésticos, deberes conyugales, producción ilimitada de hijos, etc.), una relación a la cual las lesbianas escapan cuando rechazan volverse o seguir siendo heterosexuales. Somos prófugas de nuestra clase, de la misma manera en que los esclavos americanos fugitivos lo eran cuando se escapaban de la esclavitud y se liberaban. Para nosotros esta es una necesidad absoluta; nuestra supervivencia exige que contribuyamos con toda nuestra fuerza para destruir clase de las mujeres en la cual los hombres se apropian de las mujeres. Esto puede ser alcanzado sólo por la destrucción de la heterosexualidad como un sistema social basado en la opresión de las mujeres por los hombres y que produce la doctrina de la diferencia entre los sexos para justificar esta opresión.